Caricias de hielo (Psy-Changeling #3)(11)



Sentía la mano de Judd grande bajo la suya, sus dedos largos. Era deliciosamente consciente de cada milímetro de aquel contacto físico. Tal vez el contacto fuera una segunda naturaleza para su raza, pero los cambiantes depredadores no dejaban que cualquiera les tocase. Solo los miembros del clan, las parejas y los amantes disfrutaban de los privilegios de piel. Judd no se ajustaba a ninguno de esos criterios. Sin embargo, no le apartó.

—Tantearé el terreno. —Retiró la mano, la aspereza de su palma supuso una inesperada sorpresa—. Pero has de aceptar que puede que no halle respuestas. Eres única… el único de los experimentos de Enrique que ha sobrevivido.


Amparado en las sombras vio a Brenna Kincaid abandonar el cuarto de Judd Lauren. Se contuvo a duras penas para no abalanzarse sobre ella y acabar con su vida allí mismo. Se suponía que la muy puta debía de haber muerto hacía meses, pero se había aferrado a la vida con u?as y dientes. Y ahora había recordado alguna cosa. ?Por qué si no había montado esa escenita con el cadáver?

Una serie de improperios salió de sus labios.

Durante los días posteriores al rescate de la chica le había invadido el pánico, pero, gracias a Dios, su memoria estaba llena de lagunas. Si esas lagunas acababan rellenándose, tendría problemas. La clase de problemas que podrían hacer que fuera ejecutado… sobre todo si ella tenía a ese jodido psi de su lado. Debería haber delatado a toda la familia Lauren en cuanto tuvo oportunidad, pero había esperado demasiado para utilizar la información y ahora la codicia le estaba pasando factura.

Qué más daba. No tenía intención de que le persiguieran como a un perro rabioso. Clavó los ojos en la jeringuilla que tenía en la mano, la misma con la que había debilitado a Tim, convirtiéndole así en una presa fácil. También podría utilizarla con Brenna. Aquella puta con ojos de loca no iba a joderle la vida.



Judd no le quitó los ojos de encima a Brenna hasta que llegó al final de largo corredor y dobló la esquina para unirse al constante flujo de personas del otro lado. Su mente adiestrada militarmente había percibido algo en el aire en cuanto abrió la puerta, pero no pudo encontrar un motivo de alarma. Pese a todo, no se movió hasta que ella estuvo a salvo.

Luego cerró la puerta, se miró la mano mientras la flexionaba y relajaba en un esfuerzo por borrar el calor que había grabado su impronta a fuego nada más tocar a Brenna. Había sido una acción completamente irracional, fruto no de la razón, sino de algún instinto sepultado que había superado fugazmente su condicionamiento al ver el moratón que le marcaba la piel.

Sonó su teléfono, recordándole que tenía un trabajo que terminar. No podía consentir que una cambiante, que recurría a él para que venciese sus pesadillas, le desviase de sus objetivos. Como si él fuera… bueno. ?Qué diría Brenna si le contaba que él era el monstruo de la pesadilla?

El teléfono sonó por segunda vez. Tras cogerlo, desactivó la alarma y fue a lavarse el sudor que le cubría el cuerpo. Aún podía sentir el tacto de la suave piel femenina impreso en la palma de su mano, pero sabía que pronto desaparecería; el olor de la muerte tenía la costumbre de envolverlo todo en un manto glacial.

Y mientras empaquetaba el equipo de vigilancia que iba a necesitar esa noche, Judd pensó que se le daba muy bien causar la muerte de otros, y así había sido desde que tenía diez a?os. Esa noche tenía que realizar un sencillo trabajo de rastreo, pero solo quedaban unos días hasta el golpe. Las bombas casi estaban armadas. Lo único que necesitaba ahora era un breve resquicio, una oportunidad. La sangre le salpicaría la piel una vez más, como una flor escarlata que contaba la verdadera historia de lo que era.





5


La puerta de una cámara impenetrable se cerró de golpe en la hermosa noche aterciopelada de la PsiNet. La vasta Red mental que conectaba a millones de psi de todo el mundo albergaba el conocimiento colectivo y se actualizaba un trillón de veces al día conforme los psi cargaban los datos. También permitía que se reunieran al momento, sin importar su ubicación física. Esa noche, siete mentes centelleaban en el más oscuro corazón de la Red, cada una de las cuales se asemejaba a una estrella blanca tan fría que amenazaba con cortar.

El Consejo de los Psi estaba reunido en sesión.

Kaleb fue el primero en hablar:

—?En qué diablos estabais pensando? —La pregunta iba dirigida a las peligrosas y poderosas mentes de los consejeros Henry y Shoshanna Scott, una pareja casada—. Al grupo Liu no le ha agradado descubrir que los archivos de su familia habían sido pirateados y que los de varios de sus miembros han sido marcados como de ?riesgo?. —Todos sabían que la etiqueta de riesgo estaba a un paso de la sentencia a rehabilitación total.

—Somos el Consejo —dijo Shoshanna en nombre de su marido y de ella, algo que parecía hacer cada vez más a menudo—. No tenemos por qué dar explicaciones de nuestros actos a la población.

—Supongo que también habrás marcado a otras familias —intervino Tatiana Rika-Smythe—. ?Qué pretendíais con ello?

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