Caricias de hielo (Psy-Changeling #3)(9)



De eso no cabía duda.

—Yo también.

Los ojos de Judd, del color del chocolate más puro, salvo por las motas doradas del iris, no se apartaron de su rostro.

—?Qué haces aquí, Brenna?

Ella se sacudió de encima la fascinación que le provocaba.

—Necesito hablar con un psi, y tú lo eres.

—?Y Sascha?

—Ella no lo entendería. —Brenna respetaba y apreciaba a Sascha Duncan, la psi sanadora de mentes que se había emparejado con Lucas Hunter, alfa del clan de leopardos de los DarkRiver. Pero…—. Es demasiado buena, demasiado amable.

—Es un efecto secundario de sus habilidades —repuso Judd con su habitual tono gélido.

Aquel timbre de voz enfurecía a los demás machos, pero Brenna sabía que no era la única mujer que se preguntaba cómo sería hacer que ese hombre se derritiera. Las zarpas presionaron la parte interna de su piel cuando sintió el asalto casi violento de un inexplicable deseo sensual. Luchó contra ello; no era tan estúpida como para pensar que podría cambiarle.

—Sascha siente las emociones de los demás —prosiguió Judd—. Si hiere a otro ser, eso repercute en ella.

—Ya lo sé. —Apretando los pu?os giró sobre los talones y comenzó a pasearse por la peque?a estancia. Su aroma lo impregnaba todo, envolviendo sus sentidos de cambiante en un oscuro y absoluto manto masculino—. Esto se parece a una celda. ?Es que no puedes poner al menos un póster?

El tama?o de su cuarto era comparable al de los otros soldados sin pareja, pero incluso el lobo más solitario había realizado algunos cambios en su alojamiento.

Por el contrario, el de Judd era austero; la cama, con sus sábanas blancas y su colcha de un soso color gris, era el único mobiliario. Solo había un a?adido, lo que parecía ser una barra horizontal de ejercicios situada a unos treinta centímetros del techo.

—No veo para qué. —Se apoyó contra la puerta con una fluidez que la hizo fijarse en aquel torso que sabía que era puro músculo—. Haz la pregunta que querías hacerme.

—Te he contado que veo cosas. Vi ese… ese… —No tuvo valor para terminar la frase, para revivir la pesadilla.

Como era de esperar, Judd no trató de ofrecerle consuelo.

—Ya te he explicado que lo más probable es que se trate solo de ecos psíquicos del trauma que sufriste a manos de Enrique.

—Te equivocas. Son reales.

—Cuéntame lo que viste.

—Cosas terribles —susurró, rodeándose con los brazos—. Muerte, sangre y dolor.

La expresión de Judd no cambió.

—Sé más específica.

De repente, una ira ciega ahogó el miedo que habían suscitado los recuerdos.

—?A veces haces que me entren ganas de gritar! ?Tanto te costaría intentar parecer un poco humano?

él no respondió.

—Walker es diferente.

—Mi hermano es un telépata con una afinidad especial con las jóvenes mentes psi. Era profesor en la Red.

Brenna se tomó su tiempo para reflexionar sobre aquello, sorprendida de que hubiera respondido.

—?Me estás diciendo que tenía la capacidad para sentir emociones antes de que desertaseis?

—Todos tenemos esa capacidad —la corrigió Judd—. El objetivo del condicionamiento bajo el Silencio es corregir dicha capacidad… su eliminación es imposible.

Brenna se preguntó qué era lo que él veía en su rostro, porque ella solo veía la calma más gélida en el suyo. Judd se mantuvo impertérrito ante su ira, ante su miedo… ante su dolor.

Comprender aquello le hizo sentir una extra?a sensación de vacío en el estómago.

—Pero tú has dicho que Walker es diferente.

Cuando él asintió, unos negros mechones de pelo cayeron sobre su frente.

—El permanente contacto de mi hermano con ni?os que aún no habían terminado el condicionamiento, y que sigue manteniendo con Toby y Marlee, significa que siempre fue más susceptible a romper el Silencio en el entorno adecuado.

—?Y tú? —Formuló una pregunta que nunca antes había hecho—. ?A qué te dedicabas tú en la Red?

Brenna creyó ver que sus hombros se tensaban, pero cuando respondió, el tono de su voz permanecía inalterable:

—No necesitas más pesadillas. Bien, cuéntame lo que ves.

Brenna se aproximó a aquel hombre tan peligroso.

—Tendrás que hablar de ello algún día. —Pero sabía por su actitud inflexible que no iba a ser en esos momentos. De modo que se armó de coraje y abrió la tapa de aquella caja repleta de maldad y muerte—. Vi la muerte de Timothy en un sue?o. Pero… él no tenía rostro entonces… tan solo un liso óvalo de piel en lugar de rasgos. —No podía sacarse de la cabeza tan perturbadora imagen—. Vi cómo iba a morir. Una hoja afilada cortando músculo y tejido adiposo para dejar al descubierto la carne sanguinolenta.

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