Caricias de hielo (Psy-Changeling #3)(6)



Varios apartaron la vista cuando les pilló mirando, en tanto que otros siguieron observándola sin inmutarse. Si las circunstancias fueran diferentes, habría tomado su intransigencia como un desafío, pero ese día no le cegaba el hecho de que incluso los más osados agachaban la cabeza después de que ella hubiera pasado.

—No necesito que libres mis batallas —dijo después de que hubieran dejado atrás la multitud.

Judd se adelantó para caminar junto a ella y dejar de ser una sombra a su espalda.

—No era consciente de que eso era lo que hacía.

Brenna tuvo que reconocer que lo más seguro era que le estuviera diciendo la verdad; la mayor parte del clan simplemente le tenía demasiado miedo a Judd Lauren como para querer atraer su atención bajo ningún concepto.

—Has visto los cortes. —Brenna todavía podía oler el aroma de la muerte mezclado con el olor metálico de la sangre—. Eran iguales a los de él.

El intenso centelleo de un escalpelo destelló en su mente. La imagen de salpicaduras de sangre, gritos resonando contra los muros de una jaula.

—No eran idénticos.

La impávida respuesta de Judd la sacó del espantoso caos de aquel recuerdo.

—?Por qué pareces tan seguro?

—Soy un psi. Entiendo de patrones.

Vestido de negro y con aquellos ojos carentes de emociones, no había la menor duda de que se trataba de un psi. En cuanto al resto…

—No intentes convencerme de que todos los psi habrían sido capaces de procesar los detalles con tanta rapidez. Tú eres diferente.

Judd no se molestó en confirmar o negar sus palabras.

—Eso no cambia los hechos. Los cortes de esta víctima…

—Timothy —le interrumpió con un nudo en la garganta—. Se llamaba Timothy.

Brenna conocía al difunto miembro de los SnowDancer solo de pasada, pero no podía soportar que se le redujera a no ser más que una víctima anónima. Ese hombre había tenido una vida. Un nombre.

Judd la miró y asintió.

—Timothy ha sido asesinado siguiendo el mismo método, pero los detalles son diferentes. El más importante es que se trata de un varón.

Y Santano Enrique, el bastardo que había torturado a Brenna y matado a tantas otras, únicamente había asesinado a mujeres. Porque le gustaba hacer ciertas cosas que requerían de una mujer… Brenna encerró los recuerdos dentro de aquel rincón de su mente donde ocultaba los detalles más siniestros y sucios de lo que él le había hecho.

—?Crees que alguien le está imitando?

La sola idea de que eso fuera posible le daba náuseas. Incluso muerto, la maldad del carnicero continuaba presente.

—Es probable. —Judd se detuvo en la bifurcación de los túneles—. Esta no es tu lucha.

Deja la investigación para aquellos que tienen experiencia en ese campo.

—?Porque yo solo tengo experiencia siendo la víctima?

Brenna captó el olor metálico a sangre de la carne desgarrada cuando él cruzó los brazos.

—Estás demasiado cegada por tus propias emociones como para clamar justicia por Timothy. No se trata de ti.

Ella abrió la boca con intención de decirle lo equivocado que estaba, pero la cerró al instante. Reconocer la verdad no era una opción, pues la haría parecer una demente, los desvarios de una mente quebrada.

—Ve a que te atiendan las heridas —dijo en cambio—. El olor de la sangre psi no resulta especialmente agradable.

Le preocupaba la profundidad de las heridas infligidas por Tai, pero prefería arder en el infierno antes que admitir eso.

Judd ni siquiera se inmutó al escuchar su tono ofensivo.

—Te acompa?aré hasta tu cuarto.

—Como lo intentes te saco los ojos.

Brenna dio media vuelta y se puso en marcha sintiendo su mirada durante todo el trayecto hasta que dobló la esquina. Resultaba tentador derrumbarse en aquel momento, liberarse de la máscara colérica que utilizaba a modo de escudo, pero esperó hasta que estuvo a salvo en su habitación.

—Ya lo había visto —dijo a los cuatro vientos, presa del terror.

La carne abriéndose bajo el filo de la hoja, la sangre manando, la lividez de la muerte, lo había visto todo. La había hecho temblar igual que un manojo de nervios, pero se había consolado pensando que no se trataba más que de una pesadilla. Solo que ahora su pesadilla había cobrado la más terrible de las formas.

Judd se aseguró de que Brenna estuviera en su habitación antes de regresar a la escena del crimen y hablar largo y tendido con índigo. A continuación se dirigió a su propio cuarto. Una vez allí, se desnudó y se dio una ducha para limpiarse la sangre seca de los brazos. Brenna tenía razón: el olor solo atraería la atención sobre su persona, habida cuenta del agudo olfato de los cambiantes, y esa noche necesitaba ser invisible.

No se molestó en mirarse en un espejo al terminar, simplemente se pasó la mano por el pelo y se lo dejó tal cual. Una parte de su mente reparó en que el largo del cabello era superior al reglamentario. Otra parte descartó el tema por irrelevante; ya no era miembro del ejército más elitista de la raza psi. El Consejo de los Psi había sentenciado a toda su familia —a su hermano, Walker; a la hija de este, Marlee; y a Sienna y a Toby, los hijos de su difunta hermana, Kristine— a rehabilitación, o lo que era lo mismo: a la muerte en vida.

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