Caricias de hielo (Psy-Changeling #3)(2)



En ocasiones, las ejecuciones son algo inevitable.





1


Un pu?o se estampó contra el pómulo de Judd. Concentrado en barrer a su oponente del campo, apenas notó el impacto mientras lanzaba un gancho. Tai trató de esquivar el golpe en el último segundo, pero ya era demasiado tarde… la colisión aplastó la mandíbula del joven lobo con un fuerte estrépito que dejaba patente el da?o interno infligido. Pero no estaba derrotado.

Mostrando los dientes manchados de sangre a causa del corte en el labio superior, Tai se abalanzó sobre Judd, con la clara intención de aprovechar su mayor envergadura como ariete para aplastar a su adversario contra el sólido muro de piedra. En cambio fue Tai el que acabó con la espalda aplastada contra la pared, la boca se le abrió de golpe mientras el aire abandonaba violentamente sus pulmones.

Judd agarró a su contrincante por el cuello.

—Matarte no significaría nada para mí —dijo, apretando hasta que Tai tuvo serias dificultades para respirar—. ?Te gustaría morir? —El tono de su voz era sereno, su respiración, modulada. Era un estado que nada tenía que ver con el sentimiento porque, a diferencia del cambiante que tenía frente a sí, Judd Lauren no sentía.

Tai movió los labios para proferir una maldición, pero lo único que escapó de ellos fue un incomprensible resuello. A un mero observador le habría dado la impresión de que era Judd quien tenía la ventaja de su lado, pero él no cometió el error de bajar la guardia. Así que mientras Tai no reconociera su derrota, seguía siendo peligroso. Como demostró un segundo más tarde, cuando utilizó su habilidad de cambiante para metamorfosearse… haciendo aparecer unas zarpas donde antes estaban sus manos.

Aquellas afiladas garras cortaron la piel sintética y la carne sin el menor esfuerzo, pero Judd no le dio la más mínima oportunidad al muchacho de infligirle una herida grave. Presionando un punto muy concreto del cuello de Tai y sumió a su oponente en la inconsciencia. Solo le soltó cuando el cambiante estuvo completamente fuera de combate. Tai se desplomó hasta quedar sentado en el suelo, con la cabeza colgando sobre el pecho.

—Se supone que no debes utilizar tus poderes de psi —dijo una ronca voz femenina desde la entrada.

No era necesario que se diera la vuelta para identificarla, pero lo hizo de igual modo. Se encontró con unos extraordinarios ojos casta?os en un rostro de delicados rasgos, coronado por un cabello rubio muy corto. Antes de que a Brenna la secuestrara un asesino psi, aquellos ojos eran normales y tenía el pelo largo.

—No necesito utilizar mis habilidades para enfrentarme a chiquillos.

Brenna se aproximó hasta él, su cabeza le llegaba justo a la clavícula. No se había percatado de lo menuda que era hasta que la había visto después de que fuera rescatada. Postrada en aquella cama, respirando a duras penas, su energía se había comprimido de tal forma que no había estado seguro de que aún continuara con vida. Pero su estatura no significaba nada. Según había descubierto, Brenna Shane Kincaid tenía una voluntad de hierro.

—Es la cuarta vez esta semana que te has metido en una pelea.

Ella levantó la mano y Judd tuvo que contenerse para no apartarse bruscamente. El contacto físico era algo propio de los cambiantes; los lobos se solazaban constantemente con ello sin tan siquiera darse cuenta. Para un psi era un concepto extra?o, algo que a la larga podría provocar una peligrosa pérdida de control. Pero un vil engendro de la misma raza de Judd había quebrado a Brenna. Si ella necesitaba del calor humano, que así fuera.

Judd pudo percibir una tenue y tibia impronta sobre su mejilla.

—Te saldrá un moratón. Vamos, deja que te ponga algo.

—?Por qué no estás con Sascha? —otra psi renegada, pero una sanadora, no una asesina. Era Judd quien tenía las manos manchadas de sangre—. Creía que tenías sesión con ella a las ocho de la tarde. —En esos momentos pasaban cinco minutos de la hora.

Aquellos dedos se deslizaron en una caricia hasta su mandíbula antes de abandonar su piel. Brenna alzó la vista y reveló el cambio que se había producido cinco días después de su rescate. El color de sus ojos, antes casta?o oscuro, era ahora una mezcla que Judd jamás había visto en ningún ser vivo: humano, cambiante o psi. Las negras pupilas de la joven estaban rodeadas por explosiones de un azul ártico, vivido y efervescente, que se adentraban en los iris casta?os haciendo que sus ojos parecieran fragmentados.

—Se acabó —repuso Brenna.

—?El qué?

Judd escuchó gemir a Tai, pero hizo caso omiso. El muchacho no representaba una amenaza; la única razón por la que había permitido que algunos de sus pu?etazos le alcanzasen era que comprendía el funcionamiento de la sociedad de los lobos. Recibir una paliza en combate era malo, pero no tanto como recibirla sin oponer la más mínima resistencia.

Los sentimientos de Tai no significaban nada para Judd. No tenía intención de integrarse en el mundo de los cambiantes. Pero sus sobrinos, Marlee y Toby, también tenían que sobrevivir en el sistema de túneles subterráneos que componían la guarida de los SnowDancer, y sus enemigos podrían convertirse en enemigos de los peque?os. De modo que no había humillado al muchacho poniendo fin a la pelea antes de que hubiera empezado.

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